dijous, 8 de novembre del 2012

Sense títol


Una pequeña ciudad con casas de colores. Sus puertas altas y esbeltas daban mucho a imaginar sobre quien vivía en ellas. Si las mirabas con atención, podías ver que cada ventana era distinta y que incluso las fachadas de estas estaban algo torcidas, pues sus lineas no formaban ángulos del todo rectos. Había arboles por todas partes. Verde, marrón... la combinación de tonalidades era impresionante y aportaba a la escena una gran luminosidad. También las finas farolas de hierro encendidas ayudaban a que hubiera más luz. Sus calles largas, largas, con algún que otro coche invitaban a pasear bajo la fina nevada que caía en esos momentos sobre la curiosa y a la vez hermosa población. Había algún que otro viandante paseando.
Detuvo la mirada específicamente en una mujer bajita pero que lucía orgullosa unos tacones. Su falda se levantaba algo por la ventisca e intentaba, a la vez que andaba, sujetarse el abrigo y el sombrero. En la calle de enfrente, entre unas cuantas hojas de árbol, un niño cogía nieve del suelo, sin tener mucho éxito pues sus manos sin guantes, frías y doloridas, estaban ya un poco patosas; no obstante, él continuaba amontonando la nieve sobre lo que parecía un principio de muñeco de nieve. De repente, el viento sopló con más fuerza y la nieve cayó con mayor intensidad. Qué hermosa escena.
“Qué hermosa escena”. Eso pensaba Sophie cuando se cansó de darle vueltas a su bola de nieve. Había pasado horas y horas sacudiendo aquel pequeño artilugio, pequeño, sí, pero para ella escondía, tras esa fina capa de cristal, un inmenso mundo donde cada vez que ponías tu atención podías descubrir un detalle nuevo. Vio finalmente como la nieve, mejor dicho los pequeños trocitos de papel, se amontonaban lentamente en el suelo de la ciudad y cubrían calles, edificios y árboles. Un pedacito algo rebelde se quedó enganchado en el tejado de una de las casitas y Sophie pensó en volver a mover la bola de nieve para que descansara como los demás en la base, pero cuando pensó en el tiempo que llevaba dándole vueltas se sintió patética y lo lanzó contra la cama con rabia. Éste acabó rebotando en un cojín y finalmente cayendo al suelo. Sophie aparcó su ira y en un movimiento desesperado corrió para comprobar que no se había roto. Efectivamente, aquel artilugio que tantos años había aguantado intacto, no sufría ningún cambio. Lo volvió a dejar sobre la mesilla de su habitación y se estiró sobre la cama posando sus enormes ojos verdes en él. Era lo único que ya le quedaba de su madre. “Mi madre” pensó. “Que increíble mujer”. Todo lo demás lo había tenido que vender para poder pagar el alquiler de aquella pequeña buhardilla. “Maldito el momento en que decidí irme de casa”. Pero en seguida se arrepintió de haber pensado aquello y se levantó para mirar la ventana. El París de los años treinta era un París frío, sucio y siniestro... un París muy diferente de la ciuté del amour que le habían prometido. No sabía si había hecho bien en ir a la capital, pero sabía que el abandonar el nido fue una decisión correcta. Cerró las cortinas y con una mano cogió una copa del armario. Pensó en ponerse un poco de vino, pero le pareció algo temprano para beber, así que acabó por servirse agua. El mirar la botella de espirituoso color escarlata le hizo pensar en su padre. “Pobre viejo amargado” Posó el vaso sobre la mesa. “Viejo amargado, qué supiste tu nunca del amor si nunca amaste. Sólo amabas el juego y el alcohol y creaste para ti un mundo ideal lejos de la realidad de penuria. Ah sí, que bien vivías, pero olvidaste que en esa realidad también estábamos mamá y yo. La dejaste morir, fuiste tú, ¡monstruo!. ¿No odiabas tu suerte, no te sentías desgraciado? Pues a ver si ahora solo como estás encuentras tu suerte.” Suerte. Que palabra tan irreal, tan subjetiva. ¿Quién era el afortunado en aquellos tiempos de hambre? ¿Era ella una mujer con suerte? “Ni lo dudes Sophie”. Volvió hacia la ventana y miró de nuevo la grisez de las calles. Puede que no estuviera en el paraíso y que la vida no le estuviera regalando las mejores oportunidades, pero era libre y eso era algo con lo que pocas veces se hubiera imaginado vivir, para qué quería la suerte si tenía la libertad. En un arrebato, comenzó a reírse casi al punto de parecer loca, rió fuerte y aporreó la ventana que no cedía, sintió la libertad navegando por sus venas y cuando tuvo el pomo en su mano, lo giró con tal brutalidad que la ventana quedó abierta de par en par. El aire gélido del invierno entró en su habitación y cortó de repente su risa estrafalaria. Cuando quiso darse cuenta, muchas de las personas que paseaban entonces por la calle de abajo la estaban mirando con una notable expresión de desconcierto en sus caras. “Pobres infelices” pensó. “No entienden de felicidad, no saben de alegría”. Cerró la ventana y cayó abatida al suelo. La madera estaba fría, pero ella quiso sentir como la piel se helaba. Primero extendió su mano por todo el suelo hasta donde alcanzaba la longitud de su brazo y poco a poco fue reposando su cuerpo. Los rizos le caían por la cara y un mechón se coló en sus labios entreabiertos. Jugó a imaginar que cada veta de la madera era un agujero y que si conseguía reducirse al tamaño de su diámetro podría atravesarlos y descubrir las increíbles aventuras que se ocultaban tras ellos. Uno a uno fue haciendo sus sueños realidad y cada cual más absurdo parecía. Cuanto más inverosímil era la historia más feliz era ella. En el quinto agujero imaginó que vivía en un gran palacio a orillas del río Nilo y que los cocodrilos llevaban cofias y eran sus sirvientes, quienes le traían exquisitos manjares. Siempre entraba luz por las ventanas, luz que se reflejaba en las hermosas joyas que lucía en su cuello y en sus manos. Se detuvo en seco. Su pupila empequeñeció ligeramente. “¿Que estoy haciendo? ¿Acaso actúo como él? Como... como papá... Estoy creando mis propios mundos alejados de la realidad... ¿Será esto malo?”. El sonido de la puerta le hizo volver en si. Unos zapatos un poco viejos pero limpiados minuciosamente hicieron crujir la madera. Sus ojos curiosos fueron subiendo por los pantalones bien planchados, la chaqueta descolorida, hasta llegar a unos ojos marrones que le miraban con desconcierto. Notó como su cara enrojecía y el calor llegó hasta sus orejas.
        ¿Se encuentra usted bien?
Aquel hombre no obtuvo respuesta. Sophie trató de murmurar algo pero se imaginó estirada en el suelo con toda la falda mal colocada, descalza, sin peinar... su aspecto le ofreció tal patetismo que avergonzada trató de levantarse lentamente.
    ¿Ha bebido? - Finalmente el señor trajeado reaccionó e intentó ayudarla.- Soy el hijo del casero, disculpe mi impertinencia y mi falta de tacto por haberla asustado pero he irrumpido así en su habitación porque dos hombres aseguraron haberla visto asomándose por la ventana con intenciones de suicidarse.
Ambos se quedaron de pie. La mirada de Sophie quedaba a la altura de la barbilla de él y se arrepintió de no llevar los tacones puestos.
    Perdone si le he supuesto alguna molestia, pero ni he bebido ni tenía intención de suicidarme, simplemente... - paró y reflexionó lo que quería decir exactamente – he abierto la ventana y como es algo vieja he tenido que forzarla un poco, quizás el golpe del cristal contra la pared ha alertado a la gente, disculpe.
    Dudo que tenga tanta vitalidad como para armar tanto alboroto después de haberla visto tan postrada en el suelo. Madera y usted parecían uno. - Él se rió, pero lo hizo sin maldad ya que veía en los ojos de ella unas ganas terribles de acabar con aquella situación que seguramente la estaba incomodando. - ¿Que hacía exactamente? Si no es preguntar demasiado.
Sophie sintió la necesidad de abrir la puerta e invitarle con cortesía a que abandonara la habitación pero entonces detuvo su mirada en la boina de color naranja que llevaba aquel tipo. ¿Cómo podía ser que aún no se hubiera fijado en ella? Le hizo gracia comparar su aspecto formal con aquel toque de rebeldía, entonces fue cuando realmente se fijó en su expresión. No vio más que a un hombre atractivo.
   Quizás sería mejor que... - volvió a callar para mirar de nuevo su rostro. Esta vez fue más allá y tropezó con un joven lleno de vitalidad, de ideas, de sueños, de originalidad, un joven frustrado por tener que ocuparse de un negocio que él no había buscado.
Se arriesgó y le invitó a tomar asiento. Su mano firme hizo temblar ligeramente el agua del jarrón de flores. Sophie olvidó aquella imagen patética que tenía de ella y recordó una muy diferente. Recordó a una chica caminando segura por las calles de una pequeña ciudad al norte de Francia. Caminaba firme y ligera sobre sus tacones intentando no resbalar con la nieve. Dio un pequeño salto en la silla y giró su mirada hacia bola de nieve. No podía ser verdad. Aquella mujer que se sujetaba el sombrero era ella, ella paseaba por aquellas calles largas, ella vivía en aquellas casas de colores, era ella la que podía conocer ese mundo... y aquello era lo que su madre le había querido hacer entender.
La emoción hizo que sus palabras salieran a gran velocidad de su boca, palabras que salían directas del corazón. Le explicó a aquel muchacho, quien más tarde supo que se llamaba Jacke, todo lo que había imaginado estando en el suelo y todo lo que tenía en su cabeza.
Para su sorpresa, éste se emocionaba más a cada palabra que ella decía y cuando por fin tuvo un momento para hablar dijo algo que a Sophie le cambió la vida.
        Yo tengo un amigo que trabaja en una editorial. Tus ideas no se pueden quedar bajo ese hermoso pelo rizado, debes abrir tu mente. Sophie... - le tomó la mano con dulzura y a la vez energía – Tus historias son lo más alegre que he escuchado en mucho tiempo. La gente necesita soñar, salir de vez en cuando de esta realidad, poder ver las cosas con otros ojos. Escribe mon cherí, ábreles los ojos.
Tomaba el tren que salía a las cuatro pero la impaciencia no le permitía quedarse en casa. Se rodeó el cuello con una bufanda de lana y miró al cielo. Todo parecía tener otro color, hasta París parecía menos triste, quizás era que, ahora que ella podía ser feliz, valoraba mucho más las cosas y no solo les veía la cara oscura. A lo lejos se difuminaba la Torre Eiffel. Miró de reojo a ambos lados y se vio sola en la calle. Sus blancos dientes mordieron levemente el labio inferior y sonrió pícaramente. Retiró el sombrero de su cabeza y a la vez que lo tiraba a lo alto, gritó: ¡Ahora sólo falta que nieve!

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