Una pequeña ciudad con casas de colores. Sus puertas altas y
esbeltas daban mucho a imaginar sobre quien vivía en ellas. Si las mirabas con
atención, podías ver que cada ventana era distinta y que incluso las fachadas
de estas estaban algo torcidas, pues sus lineas no formaban ángulos del todo
rectos. Había arboles por todas partes. Verde, marrón... la combinación de
tonalidades era impresionante y aportaba a la escena una gran luminosidad.
También las finas farolas de hierro encendidas ayudaban a que hubiera más luz.
Sus calles largas, largas, con algún que otro coche invitaban a pasear bajo la
fina nevada que caía en esos momentos sobre la curiosa y a la vez hermosa
población. Había algún que otro viandante paseando.
Detuvo la mirada específicamente en una mujer bajita pero que
lucía orgullosa unos tacones. Su falda se levantaba algo por la ventisca e
intentaba, a la vez que andaba, sujetarse el abrigo y el sombrero. En la calle
de enfrente, entre unas cuantas hojas de árbol, un niño cogía nieve del suelo,
sin tener mucho éxito pues sus manos sin guantes, frías y doloridas, estaban ya
un poco patosas; no obstante, él continuaba amontonando la nieve sobre lo que
parecía un principio de muñeco de nieve. De repente, el viento sopló con más
fuerza y la nieve cayó con mayor intensidad. Qué hermosa escena.
“Qué hermosa escena”. Eso pensaba Sophie cuando se cansó de
darle vueltas a su bola de nieve. Había pasado horas y horas sacudiendo aquel
pequeño artilugio, pequeño, sí, pero para ella escondía, tras esa fina capa de
cristal, un inmenso mundo donde cada vez que ponías tu atención podías
descubrir un detalle nuevo. Vio finalmente como la nieve, mejor dicho los
pequeños trocitos de papel, se amontonaban lentamente en el suelo de la ciudad
y cubrían calles, edificios y árboles. Un pedacito algo rebelde se quedó
enganchado en el tejado de una de las casitas y Sophie pensó en volver a mover
la bola de nieve para que descansara como los demás en la base, pero cuando
pensó en el tiempo que llevaba dándole vueltas se sintió patética y lo lanzó
contra la cama con rabia. Éste acabó rebotando en un cojín y finalmente cayendo
al suelo. Sophie aparcó su ira y en un movimiento desesperado corrió para comprobar
que no se había roto. Efectivamente, aquel artilugio que tantos años había
aguantado intacto, no sufría ningún cambio. Lo volvió a dejar sobre la mesilla
de su habitación y se estiró sobre la cama posando sus enormes ojos verdes en
él. Era lo único que ya le quedaba de su madre. “Mi madre” pensó. “Que
increíble mujer”. Todo lo demás lo había tenido que vender para poder pagar el
alquiler de aquella pequeña buhardilla. “Maldito el momento en que decidí irme
de casa”. Pero en seguida se arrepintió de haber pensado aquello y se levantó
para mirar la ventana. El París de los años treinta era un París frío, sucio y
siniestro... un París muy diferente de la ciuté del amour que le habían
prometido. No sabía si había hecho bien en ir a la capital, pero sabía que el
abandonar el nido fue una decisión correcta. Cerró las cortinas y con una mano
cogió una copa del armario. Pensó en ponerse un poco de vino, pero le pareció
algo temprano para beber, así que acabó por servirse agua. El mirar la botella
de espirituoso color escarlata le hizo pensar en su padre. “Pobre viejo
amargado” Posó el vaso sobre la mesa. “Viejo amargado, qué supiste tu nunca del
amor si nunca amaste. Sólo amabas el juego y el alcohol y creaste para ti un
mundo ideal lejos de la realidad de penuria. Ah sí, que bien vivías, pero
olvidaste que en esa realidad también estábamos mamá y yo. La dejaste morir,
fuiste tú, ¡monstruo!. ¿No odiabas tu suerte, no te sentías desgraciado? Pues a
ver si ahora solo como estás encuentras tu suerte.” Suerte. Que palabra tan
irreal, tan subjetiva. ¿Quién era el afortunado en aquellos tiempos de hambre?
¿Era ella una mujer con suerte? “Ni lo dudes Sophie”. Volvió hacia la ventana y
miró de nuevo la grisez de las calles. Puede que no estuviera en el paraíso y
que la vida no le estuviera regalando las mejores oportunidades, pero era libre
y eso era algo con lo que pocas veces se hubiera imaginado vivir, para qué
quería la suerte si tenía la libertad. En un arrebato, comenzó a reírse casi al
punto de parecer loca, rió fuerte y aporreó la ventana que no cedía, sintió la
libertad navegando por sus venas y cuando tuvo el pomo en su mano, lo giró con
tal brutalidad que la ventana quedó abierta de par en par. El aire gélido del
invierno entró en su habitación y cortó de repente su risa estrafalaria. Cuando
quiso darse cuenta, muchas de las personas que paseaban entonces por la calle
de abajo la estaban mirando con una notable expresión de desconcierto en sus
caras. “Pobres infelices” pensó. “No entienden de felicidad, no saben de
alegría”. Cerró la ventana y cayó abatida al suelo. La madera estaba fría, pero
ella quiso sentir como la piel se helaba. Primero extendió su mano por todo el
suelo hasta donde alcanzaba la longitud de su brazo y poco a poco fue reposando
su cuerpo. Los rizos le caían por la cara y un mechón se coló en sus labios
entreabiertos. Jugó a imaginar que cada veta de la madera era un agujero y que
si conseguía reducirse al tamaño de su diámetro podría atravesarlos y descubrir
las increíbles aventuras que se ocultaban tras ellos. Uno a uno fue haciendo
sus sueños realidad y cada cual más absurdo parecía. Cuanto más inverosímil era
la historia más feliz era ella. En el quinto agujero imaginó que vivía en un
gran palacio a orillas del río Nilo y que los cocodrilos llevaban cofias y eran
sus sirvientes, quienes le traían exquisitos manjares. Siempre entraba luz por
las ventanas, luz que se reflejaba en las hermosas joyas que lucía en su cuello
y en sus manos. Se detuvo en seco. Su pupila empequeñeció ligeramente. “¿Que
estoy haciendo? ¿Acaso actúo como él? Como... como papá... Estoy creando mis
propios mundos alejados de la realidad... ¿Será esto malo?”. El sonido de la
puerta le hizo volver en si. Unos zapatos un poco viejos pero limpiados
minuciosamente hicieron crujir la madera. Sus ojos curiosos fueron subiendo por
los pantalones bien planchados, la chaqueta descolorida, hasta llegar a unos
ojos marrones que le miraban con desconcierto. Notó como su cara enrojecía y el
calor llegó hasta sus orejas.
–
¿Se encuentra usted bien?
Aquel hombre
no obtuvo respuesta. Sophie trató de murmurar algo pero se imaginó estirada en
el suelo con toda la falda mal colocada, descalza, sin peinar... su aspecto le
ofreció tal patetismo que avergonzada trató de levantarse lentamente.
–
¿Ha bebido? - Finalmente el señor trajeado
reaccionó e intentó ayudarla.- Soy el hijo del casero, disculpe mi
impertinencia y mi falta de tacto por haberla asustado pero he irrumpido así en
su habitación porque dos hombres aseguraron haberla visto asomándose por la
ventana con intenciones de suicidarse.
Ambos se quedaron de pie. La mirada
de Sophie quedaba a la altura de la barbilla de él y se arrepintió de no llevar
los tacones puestos.
–
Perdone si le he supuesto alguna molestia, pero
ni he bebido ni tenía intención de suicidarme, simplemente... - paró y
reflexionó lo que quería decir exactamente – he abierto la ventana y como es
algo vieja he tenido que forzarla un poco, quizás el golpe del cristal contra
la pared ha alertado a la gente, disculpe.
–
Dudo que tenga tanta vitalidad como para armar
tanto alboroto después de haberla visto tan postrada en el suelo. Madera y
usted parecían uno. - Él se rió, pero lo hizo sin maldad ya que veía en los
ojos de ella unas ganas terribles de acabar con aquella situación que
seguramente la estaba incomodando. - ¿Que hacía exactamente? Si no es preguntar
demasiado.
Sophie sintió la necesidad de abrir la puerta e invitarle con
cortesía a que abandonara la habitación pero entonces detuvo su mirada en la
boina de color naranja que llevaba aquel tipo. ¿Cómo podía ser que aún no se
hubiera fijado en ella? Le hizo gracia comparar su aspecto formal con aquel
toque de rebeldía, entonces fue cuando realmente se fijó en su expresión. No
vio más que a un hombre atractivo.
–
Quizás sería mejor que... - volvió a callar para
mirar de nuevo su rostro. Esta vez fue más allá y tropezó con un joven lleno de
vitalidad, de ideas, de sueños, de originalidad, un joven frustrado por tener
que ocuparse de un negocio que él no había buscado.
Se arriesgó y le invitó a tomar asiento. Su mano firme hizo
temblar ligeramente el agua del jarrón de flores. Sophie olvidó aquella imagen
patética que tenía de ella y recordó una muy diferente. Recordó a una chica
caminando segura por las calles de una pequeña ciudad al norte de Francia.
Caminaba firme y ligera sobre sus tacones intentando no resbalar con la nieve.
Dio un pequeño salto en la silla y giró su mirada hacia bola de nieve. No podía
ser verdad. Aquella mujer que se sujetaba el sombrero era ella, ella paseaba
por aquellas calles largas, ella vivía en aquellas casas de colores, era ella
la que podía conocer ese mundo... y aquello era lo que su madre le había
querido hacer entender.
La emoción hizo que sus palabras salieran a gran velocidad de
su boca, palabras que salían directas del corazón. Le explicó a aquel muchacho,
quien más tarde supo que se llamaba Jacke, todo lo que había imaginado estando
en el suelo y todo lo que tenía en su cabeza.
Para su sorpresa, éste se emocionaba más a cada palabra que
ella decía y cuando por fin tuvo un momento para hablar dijo algo que a Sophie
le cambió la vida.
–
Yo tengo un amigo que trabaja en una editorial.
Tus ideas no se pueden quedar bajo ese hermoso pelo rizado, debes abrir tu
mente. Sophie... - le tomó la mano con dulzura y a la vez energía – Tus
historias son lo más alegre que he escuchado en mucho tiempo. La gente necesita
soñar, salir de vez en cuando de esta realidad, poder ver las cosas con otros
ojos. Escribe mon cherí, ábreles los ojos.
Tomaba el tren que salía a las cuatro pero la impaciencia no
le permitía quedarse en casa. Se rodeó el cuello con una bufanda de lana y miró
al cielo. Todo parecía tener otro color, hasta París parecía menos triste,
quizás era que, ahora que ella podía ser feliz, valoraba mucho más las cosas y
no solo les veía la cara oscura. A lo lejos se difuminaba la Torre Eiffel. Miró
de reojo a ambos lados y se vio sola en la calle. Sus blancos dientes mordieron
levemente el labio inferior y sonrió pícaramente. Retiró el sombrero de su cabeza
y a la vez que lo tiraba a lo alto, gritó: ¡Ahora sólo falta que nieve!
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada