Ella [1] (Nocturno)
La vi una vez, celeste,
silenciosa.
La vi, y no la vi. La mar bordaba
hilos de luna, y ella los cortaba.
Un paso, y otro, en la cadencia undosa,
La vi, y no la vi. La mar bordaba
hilos de luna, y ella los cortaba.
Un paso, y otro, en la cadencia undosa,
y yo soñaba pálpitos de
rosa,
temores la tarde, y la miraba.
La flor del azabache susurraba
misterios grises en su frente airosa.
Y la miraba, hoguera siempreviva,
en los espejos de los astrolabios
que dibujaban astros y querellas.
Mientras, batía en mí su letra esquiva,
La flor del azabache susurraba
misterios grises en su frente airosa.
Y la miraba, hoguera siempreviva,
en los espejos de los astrolabios
que dibujaban astros y querellas.
Mientras, batía en mí su letra esquiva,
y el signo de la duda entre sus labios
quemaba la verdad de las estrellas.
[1] En la obra de Rubén Darío,
el pronombre “Ella” en mayúsculas se refiere siempre a la muerte, entendida
como el misterio puro, aunque terrorífico.
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